Duki, el fenómeno del trap argentino que cambió las reglas.

Es una noche de fines de mayo y Duki no está nominado en ninguna categoría de los premios Gardel, que se están entregando en este momento en la sala sinfónica del Centro Cultural Kirchner. De hecho, Duki nunca editó un disco, ni firmó un contrato con un sello, ni fue invitado a un evento así en el pasado, básicamente porque su carrera empezó hace poco más de un año, cuando decidió que iba a dejar de competir en batallas de rap para dedicarse a componer sus propios temas. Entonces, ¿qué hace este rapero de 22 años sobre el escenario, gritando de manera desaforada que se coje putas como un rockstar, que toma pastillas como un rockstar, acompañado por una orquesta de 30 músicos? Lo que viene haciendo en los últimos meses: está rompiendo las reglas de la industria más rápido que nadie antes que él.

Ni ensayé, guacho, dice Duki tres días después de los Gardel. Tiene puestos un jogging negro achupinado y una campera de un equipo de béisbol, ojotas tipo Adilettes (con medias) y una cadena de oro gruesa de 120.000 pesos confeccionada por su joyero personal, que se llama Roque pero al que le dicen Don Rouch. La cadena brilla tanto que uno casi podría pasar por alto los tatuajes de la cara. Sobre la mesa ratona hay una caja abierta de Hells Pizza, su pizzería favorita y reciente espónsor, con varias porciones de pepperoni al estilo neoyorquino. Son las seis de la tarde, pero Duki está hambriento: esta es su primera comida del día. (Un rato antes, le había pedido a uno de sus asistentes: Deciles que esta vez quiero pagar por mi pizza, pero que la traigan rápido.)

A Duki la actuación en los Gardel le costó un poco porque, como casi todos los artistas de trap esa evolución oscura del rap que en los últimos meses pasó a dominar todos los charts del mundo por artistas como Drake, Bad Bunny y Cardi B él suele tocar acompañado apenas por un DJ que dispara las pistas sobre las que suelta sus rimas. Y ese día el sonido de la orquesta era tan inmenso que me comió. Pero subí a cara de perro y ¡pum! Lo hice, dice, acomodándose su jopo teñido de fucsia.A mí me gusta Dragon Ball desde chico y jodo mucho con el ki, con la energía. Bueno, acá había un montón de vagos que tocan de la hostia liberando ki a lo loco. Fue una locura.

En el último año, este fan del animé y los videogames se convirtió en una figura ineludible para la industria de la música argentina, principalmente gracias al éxito bestial de sus tracks en plataformas digitales como Spotify y YouTube, y también por su poder de convocatoria. Por ejemplo: el video más reciente de Abel Pintos una versión de El adivino en vivo en la cancha de River tiene cerca de dos millones y medio de reproducciones, mientras que los cuatro que Duki lanzó este año (Rockstar, Si te sentís sola, Quavo e Hijo de la noche) promedian 30 millones cada uno. En Spotify, Lali Espósito tiene un millón de oyentes mensuales; Duki, cuatro millones. En abril, el show de Charly García en el Gran Rex fue sold-out en 10 minutos, y el de Duki, que tocó en el mismo lugar en mayo, bueno, tardó un poco más pero también se agotó. Apenas se supo que no quedaban más entradas, Duki anunció un Luna Park para octubre.

Elijan al artista más popular del género que quieran y es muy probable que a Duki le esté yendo mejor. Su ascenso es tan vertiginoso que tanto la industria como el público están teniendo problemas para interpretar el fenómeno. Sony y Universal lo quisieron fichar, pero Duki literalmente se les rio en la cara: no estuvieron ni cerca de llegar a un acuerdo. El director de Sony me citó y básicamente me ofreció un contrato para robarme, dice Duki. Y a la presidenta de Universal, le dije: Mirá, la voy a hacer corta: yo no soy Lali Espósito, yo no quiero fama. Yo soy un pibe que viene de no tener nada, y quiero ser una leyenda musical, ¿entendés? Yo tengo más hambre que toda la gente que está en este edificio. Me voy a comer el mundo. No quiero un contrato pop, no soy Sebastián Yatra, que lo vas a poner a hacer prensa. Las bolas. Yo voy a hacer mi música y lo único que necesitás es eso.

En se sentido, su actuación en los Gardel fue el primer intento medianamente exitoso de la industria por incorporar a Duki al canon de la música argentina, y él irrumpió gritando las frases provocativas de Rockstar con la misma actitud arrolladora con la que posa en la tapa de esta edición de Rolling Stone .

Los detractores, por supuesto, no tardaron en aparecer. El video de YouTube de su presentación está lleno de comentarios cargados de bronca que lo acusan de cantar con Auto-Tune, el software que permite corregir los problemas de afinación en la voz, pero también es parte de la estética sonora del trap. Duki no solo no lo oculta, sino que usa el Auto-Tune como un instrumento, y el propio Charly García, en su breve discurso de aceptación del Gardel de Oro esa misma noche, dijo: Quiero dedicar este premio a Gardel, María Gabriela Epumer, el Flaco Spinetta, el Negro García López, Prince, Cerati Y hay que prohibir el Auto-Tune. Muchas gracias.

Si es por mí, Charly me puede decir que soy un mocho de mierda hijo de mil putas, y va a estar todo bien, dice Duki, que se enteró de los dichos de García a la mañana siguiente, cuando su hermana compartió una nota de la revista Pronto en el grupo de WhatsApp familiar. Lo amo. Lo fui a ver a Vélez en 2009, ese día que no paró de llover, y la rompió. Ahora estoy por sacar un tema [Ferrari] en el que digo: Demoliendo hoteles como Charly. Lo respeto y lo quiero tanto que ni le respondí.

Duki está tan arriba en este momento que siente que no contestarle a Charly García es hacerle un favor. Y probablemente tenga razón.

Duki rechazó ofertas de los grandes sellos. “Les dije: ‘Yo tengo más hambre que todos ustedes. Me voy a comer el mundo’.”

Mauro Ezequiel Lombardo nació el 24 de junio de 1996 en el barrio de Almagro, en una casa de clase media modesta atravesada por el impulso artístico, más allá de que sus padres finalmente optaran por perseguir otros rumbos en lo profesional. Sandra (51), su mamá, es una abogada independiente especializada en derecho laboral y una cantante aficionada que empezó a tomar clases con un profesor recién hace cinco años. Guillermo (51), su papá, siempre quiso ser diseñador gráfico, pero no pudo terminar la carrera: en el medio tuvo que salir a trabajar. (Entre los varios empleos que tuvo, muchas veces simultáneos y en general relacionados a lo administrativo/contable, pasó por una farmacia, un par de bancos y un estacionamiento.) Además, Duki tiene un hermano mayor, Nahuel (27), ingeniero de sonido recibido en la Universidad Nacional de Tres de Febrero, y una hermana menor, Candela (18), que está terminando el secundario y quiere estudiar Diseño de Indumentaria.

Cuando Sandra y Guillermo se divorciaron en 2011, la familia ya vivía en el PH de Paternal en el que Duki pasó su adolescencia, una planta baja al final de un pasillo de ladrillos larguísimo, a unas cuadras del Estadio Diego Armando Maradona, la cancha de Argentinos Juniors. Duki repitió segundo y cuarto año (cuarto, de hecho, lo repitió dos veces) y, pese a la insistencia de su mamá, nunca terminó la secundaria: era un estudiante tipo Bart Simpson, que disfrutaba de confrontar a sus profesores tanto como de faltar a clases para irse a andar en longboard por Puerto Madero o a fumar marihuana con sus amigos.

Fue justamente en las calles asfaltadas pero desiertas de Puerto Madero que, una noche de 2012, se cruzó con un grupo de pibes improvisando rimas y se les acercó. Poco antes de eso, alguien le había mostrado el video de una final entre Kodigo y Tata en la competencia A Cara de Perro de 2010, una batalla clásica que se convirtió en la puerta de entrada de una nueva generación de público y competidores al mundo del freestyle. Y poco después, mientras fumaba porro con su primo y su mejor amigo, Duki se animó a tirar sus primeras rimas. Yo tengo mucho potencial pero soy muy pajero: me costaba encontrar algo que me motivara, dice él. Y acá fue la primera vez que pensé: ¡Ah, es esto!.

Las batallas de rap le permitían a Duki satisfacer dos necesidades que arrastraba desde chico. La primera era competir, enfrentar a otro, para de esa manera generar la adrenalina que él siempre entendió como energía. La segunda era desafiarse a sí mismo e ir subiendo de nivel, como un Pokémon (el primer tatuaje que se hizo fue un Tyranitar, un pokémon de la segunda generación, en la pantorrilla). Duki no sabe escribir a mano (No generé esa capacidad en el colegio, no duro ni tres palabras), pero se encerraba durante horas en el baño chiquito que compartía con su hermano a anotar rimas en el celular, mientras Sandra le gritaba que qué carajo estaba haciendo ahí adentro, que se iba a ahogar.

Estaba buscando mi estilo, dice Duki. Yo quería rapear como esos negros que veía en YouTube, pero no lograba darle musicalidad a las rimas. Por eso empecé a competir. Las batallas, para mí, eran una forma de entrenamiento. Hay algo de esa declaración que se sostiene cuando uno ve sus videos en el Quinto Escalón, la competencia que nació en 2012 en la escalera de una de las entradas laterales del Parque Rivadavia, en la esquina de las calles Chaco y Doblas, y que en 2016 creció hasta convertirse en el torneo de plaza más grande de habla hispana, con miles de asistentes domingo por medio. A diferencia de la mayoría de los competidores, Duki casi no tiraba punchlines, sino que fluía de manera ininterrumpida durante largos pasajes, buscando melodías, prácticamente como si estuviera haciendo una canción en vivo. Su espejo era A$AP Ferg, un rapero estadounidense al que le copiaba hasta los gestos (particularmente el de engancharse el cachete con el dedo índice como si fuera un anzuelo), autor además de Hella Hoes, el primer tema de trap que Duki dice haber escuchado en su vida. Siempre odié la batalla en sí, dice Duki. Me gustaba medirme y me gustaba crecer. Pero lo que yo quería era hacer música.

En simultáneo a su despertar artístico, Duki empezó a fortalecer un costado espiritual del que no le gusta hablar demasiado, pero al que llegó investigando por su cuenta más o menos a los 17 años, después de que un amigo de su primera crew los Satuanorinos de Puerto Madero le hablara del hermetismo: una tradición filosófica basada en los textos de Hermes Trismegisto, un alquimista místico. (Por cierto, Satuanorino es Onironautas al revés, y los Onironautas son los viajeros de los sueños.) Era una bestia, Hermes, dice Duki. Creó Los Siete Principios Herméticos: como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba; todo tiene dos polos; la ley de causa y efecto Un montón de boludeces que me abrieron mucho la cabeza.

Duki no solo cree en la alquimia, sino que, además, asegura ser capaz de verles el aura a las personas. Para contarme esto, se inclina hacia adelante en su silla, me mira a los ojos y esconde una sonrisa cuando le sostengo la mirada. También ha tenido experiencias en las que visualizó su propio destino, como el día de enero de 2016 en el que le dijo a un amigo: Este año el Quinto se va a hacer re conocido, voy a ganar una fecha, y después de eso voy a sacar mi primer tema, que va a tener 300.000 reproducciones. En agosto de ese año, efectivamente, Duki ganó la fecha del Quinto Escalón, y en noviembre subió a YouTube No vendo trap, su primera canción. El pronóstico resultó modesto: gracias a la base de seguidores que arrastraba de ese torneo en particular, el video cosechó 2 millones de streams en dos semanas.

No vendo trap fue el tema que confirmó la intuición de Duki de que había un terreno fértil para él en esa escena, pero no dejaba de ser una canción un tanto genérica de un estilo en el que todos los tracks suenan más o menos parecidos, y en el que lo mejor y lo peor no parecen estar muy alejados. Ante la homogeneidad de los beats habitualmente compuestos con una caja de ritmos Roland 808 que reproduce hi-hats en intervalos cortísimos y bajos muy graves, un intérprete de trap se destaca por las melodías, la actitud y, sobre todo, la voz.

Duki perfeccionaría esos tres factores en los meses siguientes, especialmente en Rockstar, el tema agresivo en el que terminó de dominar el recurso de romper la voz, y en Quavo, un track de Modo Diablo, el grupo que armó con Alejo (el fundador del Quinto Escalón, rebautizado como Ysy A) y Neo Pistéa, dos raperos igual de jóvenes y talentosos que él. Pero fue el tono seco y violento de Duki el que, en una extraña pero palpable conexión con el gen del rock nacional, empezó a sentar las bases del trap de acá, que hoy genera interés en el resto del mundo (como demuestran sus colaboraciones recientes con Bad Bunny y J Balvin) y cuenta con un roaster de exponentes sub-25 como Khea, Cazzu, Lit Killah, Ecko y C.R.O., muchos de los cuales, como Duki, se iniciaron en el freestyle.

La noche de la victoria de Duki en el Quinto fue especial por un par de motivos. Por empezar, era la primera fecha después de las vacaciones de invierno, y la ansiedad del público estaba a tope. La cantidad de gente fue récord (había más de mil personas); los escalones habían quedado chicos y la competición ahora se hacía en el pequeño anfiteatro que está en el centro del parque. Quedamos todos re caretas, dice MKS, uno de los competidores históricos del Quinto, que vivió con Duki y solía hacer dupla con él en batallas de equipos. Me acuerdo de que, mientras batallábamos en el anfiteatro, la gente hacía un bardo tremendo que se amplificaba por el eco mismo de la plaza. Era como estar en una cancha de fútbol.

Fue una masacre, dice Duki, mientras vuelve a ver la final en YouTube. O sea, vos lo mirás desde acá y parece otra cosa, pero yo estaba parado ahí, en el centro de toda esa gente, y era como estar en el Coliseo de Roma.

Diario La nacion

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